La desalinización como recurso para la escasez de agua: la experiencia canaria

Canarias depende de la desalinización para mantener su economía y la vida de sus ciudadanos. La primera desalinizadora de Europa se inauguró en Arrecife (Lanzarote) en 1964; era una instalación desalinizadora Juan González, gerente de la gestora de aguas Canaragua. “La desalación salvó la vida de Canarias, sin ello no podríamos recibir 16 millones de turistas al año”, apunta González. El total del agua consumida en Lanzarote es hoy desalinizadada, también en Fuerteventura. En Gran Canaria, el 86% del agua para consumo humano es desalada, y es desalada un 50% del total suministrado. En Tenerife, isla con más recursos hídricos, cada vez dependen más de la desalinización: representa el 47% del consumo en los hogares tinerfeños, con un incremento anual de la desalación superior al 16% desde 2000.

Canarias acumula más de 50 años de experiencia y la Península observa a las islas para entender lo que le depara el futuro. La sequía ha provocado que las desalinizadoras del Mediterráneo funcionen muy por encima de su rendimiento habitual. Las del río Tordera y del Llobregat, en Cataluña, pasaron a finales de 2017 de un rendimiento del 10% al 70% de su capacidad. En Alicante, con el trasvase del río Tajo al Segura restringido por la sequía, un 60% del agua que suministra la Mancomunidad de Canales de Taibilla (CMT) es desalada. Este incremento de la producción supondrá en 2018 un encarecimiento de la factura del agua en Alicante del 21%, según informó el diario Información.

El coste para transformar agua de mar en potable y bombearla alcanza los 0,80 céntimos de euros el metro cúbico, lo que puede hasta triplicar el coste del agua natural, según datos de la Asociación Internacional de Desalación (IDA, por sus siglas en inglés) recogidos en 2017 por la BBC. Al mismo tiempo, el coste se ha reducido a la mitad en una década, según coinciden los datos aportados a este periódico por varias fuentes. “Cuando empecé en este sector hace 25 años”, explica Baltasar Peñate, jefe del departamento de agua del Instituto Tecnológico de Canarias, “una membrana para el proceso de desalación podía costar 2.000 dólares; ahora la tengo por 800 dólares. Y el gasto energético ha caído desde 2000 del 50% del coste total a un 30%”. En las Canarias hay 300 desalinizadora s, un 35% del total en España, y solo 30 son públicas; es el lugar del mundo con mayor número de desalinizadoras por metro cuadrado, dice Peñate.

 

El 23% bebe agua desalinizada

Un estudio de 2017 de la empresa Tapp Water indica que Canarias es la comunidad autónoma donde se bebe menos agua corriente: la beben un 23% de sus ciudadanos. La siguen Baleares con un 50% de la población y la Comunidad Valenciana, con un 51%. Gerardo Henríquez, gerente del Consejo Insular de Aguas de Gran Canaria, opina que la cifra es acertada, pero lo desvincula de la desalinización. Para demostrarlo, prepara una cata con agua del grifo y agua embotellada. Los dos periodistas de EL PAÍS aciertan a la primera cuál es agua desalada: tiene un punto más ácido, pero sin ser desagradable. Henríquez subraya que la desconfianza por el agua del grifo se remonta a medio siglo, cuando el agua subterránea era cada vez más salobre. Enrique Moreno, técnico del Consejo, recuerda cuando en los ochenta se racionaba el suministro del agua a dos días por semana, o cuando la situación era desesperada y se planteó importar agua de icebergs o generar lluvia artificial disparando nitrato de plata en las nubes. “El futuro de Canarias estaba en entredicho. Es un éxito imponer la desalación para los núcleos urbanos. Otro éxito es que el agua ha dejado de ser una preocupación”, opina Moreno.

“Yo también bebo agua embotellada”, admite González, director de Canaragua, “siempre, desde pequeño. Es algo que ha calado, de cuando había advertencias de que el agua de los pozos tenía un exceso de flúor, o de nitratos, y eso ha calado”. Canaragua organiza visitas escolares diarias a sus plantas desalinizadoras para concienciar sobre la calidad en el ciclo del agua. Un estudio de la multinacional Philips de 2008 señalaba que el 93% de los canarios bebía agua embotellada.

González asume que es difícil competir con el poder de comunicación de las multinacionales de agua embotellada. Dori es empleada en un hotel de Las Palmas, llegó hace 16 años a Canarias y asegura que ni tan siquiera la utiliza para cocinar porque al llegar le advirtieron de que no lo hiciera: “Al ducharte, el cabello queda quebradizo, y lo que es malo para mi pelo, es malo para mi cuerpo. Esta agua no es natural, es del mar, y lleva muchos productos químicos”. El agua desalada es técnicamente agua de producción industrial. El líquido desalinizado es prácticamente agua destilada y para consumo humano hay que mineralizarla. En la pequeña desalinizadora de Playa Mogán, puesta en funcionamiento para abastecer a dos hoteles y a los vecinos del municipio, el agua es tratada con lecho de calcita y cloro, los dos componentes de los que se queja López.

Cerca de Playa Mogán, en el sur de Gran Canaria, se levanta el grupo turístico Anfi. El fundador de Anfi, el noruego Björn Lyng, inventó en los ochenta una desalinizadora propia para abastecer a sus hoteles. Lyng fue el paradigma del campo de pruebas que fue Canarias en este ámbito en el siglo XX. Parte de las instalaciones de Anfi reciben agua de una desalinizadora privada y esperan que en el futuro, las 7.500 camas del complejo Anfi Tauro estén suministradas con agua desalada. Luis Martínez, director hotelero del grupo, afirma que el agua corriente en las zonas turísticas de Gran Canaria no es potable y no la recomienda a sus clientes. Por eso incluso había estudiado la posibilidad de instalar filtros de ósmosis en los apartamentos de Anfi, extremo que descartó porque elevaría 1 euro el coste diario de la pernoctación.

África López es la primera en ser consciente de que la desalación ha sido clave en su vida. Trabaja para Bonny, compañía agrícola que copa el 90% de la exportación de pepino canario, según Fernando Ojeda, director de la desalinizadora propiedad de Bonny que desde 1987 riega 500 hectáreas de campo. Es una de las pocas desalinizadora que opera con energía eólica propia. “Antes los pepinos crecían amarillos, ahora son verdes y bien buenos”, explica López. Ojeda no duda de la calidad del agua desalada y detalla las inspecciones regulares que tienen de clientes como Tesco o Marks & Spencer. “La Península debería seguir nuestro modelo: el agua natural debe quedarse en el interior, y en la costa, consumir agua desalada”, recomienda Peñate. Ojeda también cree que el futuro en el Mediterráneo pasa por romper tabús entorno al agua desalada, no solo para abastecer a las ciudades, sino también a la agricultura.

Cristian Segura, El País

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